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GRICEL
 
 
Esos ojos le decretaron la noche al raje fácil con que piantaba a las minas de historias breves, milonga afuera.
Macho.
La empezó a odiar al mismo tiempo que le dibujó el teclado de su marca en la espalda y sintió la cascada de ochos zigzagueantes humedeciendo el roce de sus muslos. El estremecimiento le hizo perder el paso del Re- Fa-Si, los compases congénitos que lo acompañaban desde que el tango se le abrazó al cuerpo como su propia piel.
Bronca y pudor.
Para retomar el paso chasqueó el pulso entre sus labios: “ts...ts...ts...”,  y ahora fue él  quien sintió que todo el cuerpo que  acorralaba contra el pecho, le tembló con furia contenida, apartándose al cruce de las piernas en un candado que anticipó la gayola.
Para siempre.
No soportó la noticia que se le instaló como verdad rebelada: después de esta mina, no  habrá otra. Y se fue.  La plantó casi al borde de la pista y respiró bocanadas de azul en la vereda.
Una sirena quebró la noche, devolviéndolo al escenario ciudadano desde la vastedad de su desasosiego. El hospital ahí nomás, como punta de un acertijo le dio la pista para armarse un futuro: “esto pudo no ser, como un accidente”.
Alivio.
Necesitó rodearse de silencio y de la cruel determinación del cemento. Rodeó Independencia a paso lento. Se detuvo en la esquina de La Rioja. Volvió a entrar en la milonga una hora más tarde.
Seguro.
Esos ojos lo esperaban atrincherados en un hombro gris oscuro que le escamoteaba la sonrisa desafiante. Lo privó de su mirada, vengativa, como entregada en otro, al tango.
Traicionera.
Entendió de golpe la avidez de cuchillos del compadrito de todos los cuentos de Borges. Aferró su certeza con el filo de un juramento al borde de la desesperanza: reconoció que estaba perdido...pero no sin ella.
Ciego.
Esperó sin paciencia el término de la tanda.
Un fox-trot entreverado con un ritmo latino desarmó las parejas milongueras en sedientos ademanes de pañuelos y labios solitarios.  Murmullo de los ojos, colibrís de inquietos vuelos se detienen entre párpados complacientes o miradas esquivas,  displicentes: se enhebran los secretos pactos breves de las citas pista adentro.
Sonámbulos al unísono, un tango convoca la erección de los cuerpos que se encuentran como por azar en el contorno danzante, atravesando el desorden de los primeros acordes invitadores y chispeantes de un canyengue diluviano.
Lo buscaron sin vergüenza, se fondearon en el azul acerado de los suyos y ella se levantó sin esperar la seña, porque esa mirada le marcaba el único camino posible.
Para ella.
No fue un tango, fue un duelo eso. Lo que bailaron al asombro mal disimulado de los otros, que al sentir ese tenso  arrebato, abrían paso en la rueda vertiginosa que desanda el reloj de la pista. Engarzados, encastrados, esculpidos en una sola pieza hermafrodita y exaltada, amalgamados, petrificando las pausas entre silencios mortales.
No habría retorno. Estaban tomados desde el alma y por el tango. La tragedia era cuestión de tiempo: del dos por cuatro.
 
Desgarrada.
Desamarrada del amor, navegó las aguas turbulentas de pasiones transitorias, tormentosamente leves. El tango le decía de la impiadosa avaricia del olvido: abismada en el pasado se sabía en deuda con la muerte.
Cuando aquellos ojos la tomaron, le bebieron hasta el fondo la tristeza y supo, que la milonga le traía como por encargo, el azul perdido de aquella mirada sepultada que amó tanto.
Perdida.
Sin decidirlo, encontró su mano refugiada en una zurda firme, sostenida como estandarte en una batalla quijotesca.
Transportada en el juego del dolor y el placer, vuelve al cuerpo en un traspiés del hombre que chistea concentrado, acompasando el tango: “ts...ts...ts”. Lo confirma, los rasgos desconocidos son dibujos en el agua: él es todo aquella mirada. Ella, tembladeral que en briznas recupera el alma y atraviesa la prisión de sus propias sombras y se enciende en el subibaja del pentagrama de D´Arienzo.
Iluminada.
La rescató por dos tangos de la melancolía y desapareció. Su hombre había retornado al hospedaje fantasmal de los recuerdos. Emborrachándose de giros ella se voló en los valses.
Lo vio regresar en una hora de eternidad, sin apuro, sin sorpresa, como una alucinación dulcemente esperada.  Decidió no exigir a la realidad ninguna prueba, encarceló entre párpados el llanto y se entregó a “La racha” con Di Sarli.
Confiada.
La neutralidad anodina de la tanda le dio el respiro a la emoción que la embriagaba anticipándole el reencuentro. No estaba dispuesta a dejar caer el tiempo de calesita en la espera de una próxima pieza. Se levantó y fue a recuperar la sortija de esos ojos suyos.
Decidida.
“Ataniche” los apiló en canyengue y con Firpo de testigo, consumaron el tango y  pegaron “El Esquinazo” por “Rodríguez Peña”, en pleno San Cristóbal.
 
Contra la tácita ley de la Milonga, ellos no pudieron dejarse ir en el desbande ojeroso de la madrugada.
Sus pies, los de ella, se derramaron prematuros fuera de la severa disciplina de los zapatos negros punteagudos y siguieron obedientes las suelas gastadas del masculino charol.
Su abrazo, el de él, se extendió como un ala posando en la ladera firme de sus ancas, camino a la noche.
Nadie los vio salir, los cubrió la complicidad de una seguidilla eufórica de milongas pícaras. Pero, el ocasional testigo de la carrera trasnochada del 41 que se estampó en la esquina arrasando a dos en la parada, se conmovió de pena, cuando mágica, absurdamente, reconoció los compases entrañables de un tango, que ganaron el obsceno escenario público de la parca, desde alguna milonga cercana:
“La Cumparsita”.
 
*Diana Braceras, marzo de 2001, de la revista Buenos Aires Tango Nº 130*